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No soy débil, soy humana

by yolymontero
Sep 14, 2026
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La vida es frágil. También lo son las emociones, los vínculos y las personas.

Siempre escuchamos que el tiempo es lo más importante y valioso que tenemos. Pero creo que es el amor lo que realmente nos sostiene: el amor que sentimos por los demás y, especialmente, el amor que aprendemos a sentir por nosotras mismas.

Ese amor propio es el que nos ayuda a tomar decisiones, incluso cuando nos duelen. Y la fe en Dios es la que nos permite levantarnos y continuar, aunque no nos guste lo que estamos viviendo, aunque no lo comprendamos y aunque todavía no encontremos una razón que explique por qué o para qué sucedió.

Llevo varias semanas repitiéndome:

¡Qué injusta es la vida! ¡Qué injusto es todo lo que está pasando!

Lo digo porque no encuentro razones para comprender el porqué y mucho menos el para qué. Solo sé que debo continuar, aunque algunas veces lo único que quiera sea quedarme en mi cama, llorando y sintiendo toda mi tristeza.

Es precisamente en esos momentos cuando tengo que recordarme que poseo un valor propio. Que debo amarme, respetarme y cuidarme, aunque hacerlo sea difícil.

Una de las partes más duras de atravesar un proceso doloroso es sentir que nadie fuera de ti puede comprender verdaderamente lo que estás viviendo. Tal vez otra persona esté pasando por algo similar o incluso por una situación que, desde afuera, parezca peor. Pero ¿por qué tenemos que comparar nuestros dolores?

Ese es tu dolor. Esa es tu tristeza, tu alegría, tu enojo o tu miedo. Y eres tú quien tendrá que aprender a lidiar con lo que siente.

¿Por qué minimizar lo que vive otra persona solamente porque creemos que lo nuestro es peor o porque hemos atravesado experiencias más difíciles?

Cada ser humano tiene una vida y, por lo tanto, experiencias completamente diferentes.

Es como cuando alguien te pregunta:

—¿A ti te gusta el maíz?

Tal vez sí. Tal vez no.

A mí no me gusta. Cuando era pequeña me obligaban a comerlo y yo lloraba porque no lo quería. Ahora que soy adulta, no como maíz ni como nada que no me guste. Tampoco me agrada que, después de decir que no quiero probar algo, alguien insista:

—Pruébalo, que te va a gustar.

¿Por qué tengo que hacerlo si ya dije que no?

Esa es mi decisión. ¿Por qué quieres cambiarla solamente porque a ti te encanta? Si a ti te gusta, disfrútalo. Pero no significa que a mí también tenga que gustarme.

Así mismo es la vida. Así son nuestras experiencias y nuestras heridas.

Lo que a ti te hace bien quizás a mí no. Lo que tú puedes tolerar, posiblemente yo no pueda hacerlo. Lo que para ti parece insignificante, para mí puede representar una herida profunda.

Cuando comenzamos a comparar, dejamos de escuchar.

Y es ahí, en ese instante, cuando muchas veces callamos y reprimimos lo que sentimos. Es ahí cuando nuestras heridas permanecen abiertas porque, en lugar de recibir un espacio seguro para expresarnos, alguien nos silenció hablándonos de que su experiencia había sido peor, de que su vida era un caos más grande o de que no teníamos derecho a sentirnos tristes.

Incluso pueden hacernos pensar que tampoco tenemos derecho a reír o a disfrutar mientras estamos viviendo un proceso doloroso.

Quizás nunca nos lo dijeron directamente. Pero lo sentimos cuando colocaron sus experiencias por encima de las nuestras, como si el dolor fuera una competencia y solamente quien ha sufrido más tuviera derecho a expresarlo.

Hoy escribo estando triste.

Hoy escribo con dolor en el corazón, pero también con una mente muy clara acerca de lo que tengo que hacer y de las decisiones que debo tomar.

Escribo con una fe en Dios inquebrantable y sostenida por los valores que rigen mi vida. Aun así, tengo todo el derecho de sanar a mi manera. Tengo derecho a cerrar capítulos y heridas de la forma en que considere que necesito hacerlo.

No soy débil. Soy humana.

Tengo emociones, sentimientos y días en los que puedo sentirme fuerte, pero también tengo días en los que necesito llorar. Ninguna de esas emociones disminuye mi valor.

Hoy quise escribirte desde este lugar porque quizás tú también has sentido que alguien intenta minimizar lo que estás viviendo. Quizás te han hecho creer que estás exagerando, que debes superar las cosas más rápido o que no deberías sentirte de determinada manera.

A ti quiero decirte: vive tu proceso y siente lo que necesites sentir.

No escuches a quien intente minimizarte. Yo sé que eres una persona fuerte y probablemente tú también lo sabes. Pero ser fuerte no significa ignorar lo que sientes, esconder tu dolor ni fingir que todo está bien.

La verdadera fortaleza también está en permitirte vivir tu proceso con todas sus emociones y decisiones. Porque mientras más honesta seas contigo y con lo que sientes, mejor podrás continuar tu camino.

Cuando caemos, tarde o temprano tenemos que levantarnos.

Cuando perdemos, nos toca continuar y prepararnos para una nueva oportunidad.

Y mientras esa oportunidad llega, podemos decidir vivir cada día como si fuera el último: amándonos, respetándonos y compartiendo nuestro amor con quienes también saben amarnos.

Porque todo es un proceso. Todo es una etapa.

Después llegará otro proceso y comenzará una nueva etapa. Y de cada una aprenderemos algo que nos permitirá vivir con mayor conciencia, más conectadas con nosotras mismas, con Dios y con la vida.

Hoy quizás todavía no comprenda por qué sucedieron algunas cosas. Tal vez aún no pueda ver para qué llegaron a mi vida. Pero he decidido que no necesito tener todas las respuestas para seguir avanzando.

Puedo continuar aún con preguntas.

Puedo sanar aun cuando todavía me duela.

Puedo levantarme sin negar que un día estuve en el suelo.

No soy débil por sentir. No soy menos fuerte por llorar. Soy humana, estoy atravesando mi proceso y tengo derecho a vivirlo a mi manera.

Así que voy a sentir. Voy a sanar. Voy a aprender. Voy a elegirme. Y cuando esté preparada, también voy a soltar.

No sé exactamente cómo será la próxima etapa de mi vida, pero sí sé algo:

No voy a abandonarme en el camino.

Voy a tomarme de la mano, voy a confiar en Dios y voy a continuar.

Y si hoy tú también estás atravesando una etapa difícil, toma tu propia mano. Respeta tu proceso, honra lo que sientes y recuerda que no tienes que comprenderlo todo para dar el próximo paso.

Respira.

Levántate cuando puedas.

Pero no te abandones.

Vamos a continuar.

Te envío un abrazo fuerte. Uno de esos abrazos que, al recibirlos, nos dan ganas de llorar, ya sea de alegría o de desahogo. De esos que llegan al alma sin pedirlos, que guardan un silencio lleno de comprensión y de los que no queremos desprendernos.

Ese es el abrazo que hoy te envío.

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