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Cuando sentí que sola ya no podía

Oct 14, 2026
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Durante estos últimos tres meses, aprendí a conocerme en mi vulnerabilidad. Conocí partes de mí que no sabía cómo escuchar, y hoy puedo decirte que me siento mejor. Me ha tomado tiempo, lágrimas y aceptar que también yo necesitaba ayuda.

Hubo un momento que hoy puedo llamar mi quiebre.

Ese momento en el que lloré desgarradamente, sin encontrar una salida. Sentía que el aire no me alcanzaba, que el dolor era tan profundo que no sabía cómo aliviarlo. Mi corazón latía con tanta fuerza que lo sentía en todo el cuerpo. Era como si mi alma se hubiera alejado de mí y mi cuerpo expresara, con movimientos que no podía controlar, todas esas emociones que ya no cabían adentro.

Para mí, eso fue tocar fondo. Así lo sentí. Así lo viví.

Y fue ahí donde le grité a Dios:

«Ten misericordia de mí. Ya lo he intentado todo y siento que, sola, no puedo continuar».

Les juro que me sentí abrazada.

Con el pasar de los días, mi tristeza comenzó a darme pequeños espacios para respirar. Empecé a sentir su respuesta en las personas que se acercaron, en una conversación, en una invitación que llegó cuando más la necesitaba.

Hace mucho tiempo tuve una amiga a quien amo muchísimo. La vida nos había llevado por caminos distintos, pero un día me envió un mensaje con una invitación. Acepté sin pensarlo demasiado.

Desde aquel viernes, sentí que mi vida comenzaba a encontrar el norte.

Poco a poco empecé a comprender lo que había vivido y a tener claridad. Me limpié las rodillas y comencé a levantarme. Después, a caminar.

Entendí que lo que pasó, pasó, y que yo no quería quedarme a vivir en ese dolor. Todavía había vida por delante. Todavía estaba yo.

Hoy estoy avanzando, me estoy conociendo y estoy aprendiendo a tener una relación con Dios de una manera que jamás había contemplado.

En este proceso también reconocí todo lo que ya tenía: las herramientas que el coaching y la vida me han dado, el conocimiento que he adquirido y la oportunidad de acompañar a tantas mujeres, en mis grupos y de forma individual.

Tengo salud, unos hijos hermosos, amistades espectaculares y una familia que, con sus enredos e imperfecciones, amo profundamente.

Y aun con todo eso, había algo dentro de mí que necesitaba atender.

Yo necesitaba abrirle un espacio a Dios en mi corazón.

Desde mi experiencia, esa relación me está ayudando a encontrar fuerzas y a darle sentido a lo que vivo. Ahora reconozco su presencia también en las personas que llegaron en el momento preciso, en quienes me escucharon y en quienes me acompañaron cuando me costaba sostenerme.

Hoy siento que mis herramientas sí me han servido. También estoy aprendiendo a permitirme recibir ayuda y a reconocer que tener conocimiento no me hace inmune al dolor. Yo, que tantas veces he acompañado a otras mujeres, también necesitaba ser acompañada.

Hay cosas que antes no podía entender. Otras que no quería aceptar. Y algunas que sabía que necesitaba hacer, pero para las que todavía no me sentía preparada.

Sé que jamás seré perfecta. Pero hoy me amo más que antes.

Estos meses me enseñaron que también tengo que estar presente para mí. Que mi amor por otra persona no puede llevarme a abandonarme. Que mi bienestar, mi paz y mi dignidad merecen un lugar en mi propia vida.

Y en ese amor que estoy aprendiendo a darme, también reconozco el amor que Dios tiene por mí.

No me considero religiosa. Estoy aprendiendo a creer en Él, a conocerlo y a confiar. Quiero que se haga su voluntad, incluso cuando en el momento me cueste comprenderla. Estoy aprendiendo a soltar la necesidad de tener todas las respuestas.

Hoy me siento agradecida.

Puedo mirar lo vivido y reconocer lo que estoy aprendiendo a partir de ello. Todavía hay cosas que duelen, pero también hay claridad, personas que me aman y una relación conmigo misma que quiero seguir cuidando.

Gracias por leerme. Gracias por ser parte de estas cartas que nacen, por lo menos una vez al mes, desde lo más profundo de mi corazón. Escribirlas también me permite detenerme, escucharme y compartir contigo un pedacito de mi camino.

Si conoces a alguien que necesite leer esto hoy, compártele esta carta. A veces las palabras de otra persona nos ayudan a encontrar las nuestras.

Y si estás atravesando un momento difícil, quiero recordarte que puedes buscar compañía. Puedes hablar, pedir ayuda y dejarte sostener. Si nace de ti, también puedes acercarte a Dios tal como estás, sin tener un discurso preparado. Yo lo hice desde mi dolor, con las pocas palabras que me quedaban.

Si deseas un espacio de acompañamiento en una sesión uno a uno conmigo, escríbeme. Estaré pendiente para escucharte y acompañarte a recorrer este camino llamado vida.

Te envío un abrazo de esos que te permiten soltar el aire, bajar los hombros y sentirte acompañado por un ratito.

Hasta mi próxima carta.

Con amor,
Yoly

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